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Del estereotipo a la invisibilidad de la mujer
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Gabriela Cicalese parte del tratamiento que algunos medios le dieron al Día de la Mujer para reivindicar que, frente a la invisibilidad, hace falta un Día que coloque algunos temas en la agenda mediática.

 

Buenos Aires, miércoles 17 de marzo (Página 12).- “¿Por qué las mujeres tienen su día y los hombres no tenemos?” “Si pelean tanto por ser iguales, ¿para qué quieren un día especial?” “Si tienen el Día de la Madre y el de la Mujer para las que no lo son... ¿nosotros por qué tenemos sólo el día del padre? ¿Los no-padres no festejamos?” Estos y otros comentarios similares se escucharon el pasado 8 de marzo, cuando alguna mujer en un programa de radio en vivo decía al aire a algún colega varón: “Te olvidaste de saludarme”.

Esta seguidilla de sentidos comunes tiene relación con el desconocimiento histórico de la raíz de una efemérides que, sin embargo, se coloca en agenda y se menciona. Seguidilla a la que hay que sumar otras tantas voces de algunas mujeres que declaran: “Para mí el Día de la Mujer son todos los días”. “Yo no estoy de acuerdo con el Día de la Mujer, tenemos que aprender a convivir todos juntos, somos todos iguales”.

Hasta bien entrada la década del ’90, cuando no existían ni Hallo- ween ni San Valentín en los calendarios populares en Argentina, el 8 de marzo era una fecha de esas que sólo algunas –siempre pocas– defendíamos en términos de reivindicación de derechos de género desde nuestros distintos ámbitos. Luego, en paralelo a la mercantilización de tantas fechas, el Día de la Mujer pasó a ser “agasajable” a través de los medios masivos, uniéndose a los mismos discursos usados para otros días comerciales y prácticas como flores, bombones y piropos. Gestos acompañados, básicamente, con estereotipos que, detrás de un supuesto reconocimiento, no hacen más que reforzar las naturalizaciones de la discriminación. Así, ensalzar el “instinto” maternal como generador de todo lo bueno que le falta a la sociedad; mirar desde lo “diferente” que se aporta y la “complementariedad” de un deber ser en los roles de decisión que se entiende “por naturaleza” masculino; exotizar los casos de mujeres que hacen tareas que culturalmente son ejercidas por varones (convirtiendo en la excepción que confirma la regla una práctica concreta que debiera hacernos cuestionar esa misma regla).

Este 8 de marzo tal vez hubo menos de esos “festejos” y estereotipos, pero también es cierto que el tratamiento del tema fue considerablemente menor que en años anteriores. Sea porque los debates importantes no dejan espacio para una conmemoración como ésta, desde los DNU hasta el irremplazable fútbol que “no se puede” levantar de pantalla para un discurso alusivo por parte de la Presidenta de la Nación. O bien porque la noche inmediata anterior una película argentina había ganado una estatuilla y se “perdió” el dato de que por primera vez en 82 emisiones el premio a “mejor director” lo ganaba una mujer. Y director se enuncia en masculino singular, tomado como supuesto “neutro” del lenguaje cuando en realidad está remitiendo a roles ejercidos por personas y, como tales, debieran dar cuenta del género y el número de las personas que ocupan cada rol.

Ese mismo “neutro” es el que sostiene la sumisión. La sumisión existe, precisamente, allí donde los grupos que son discriminados u oprimidos no tienen conciencia de esa situación. Sumisión tenían los siervos del Medioevo. Sumisión tienen muchas compañeras cuando hablan de sí mismas en masculino, o repiten discursos que las discriminan u ofenden justificando la “naturalidad” de algunas construcciones patriarcales.

Es lógico que quienes no se reconocen oprimidas “rechacen” el Día Internacional de la Mujer. Aceptarlo interpelaría al punto de tomar conciencia o cambiar alguna práctica.

En el caso de los medios masivos, mientras su tratamiento del tema caía en un estereotipo y aun con sus teñidos mercantiles, el primer plano de ese día en la agenda mediática nos permitía, a quienes tenemos conciencia de la opresión, encontrar una grieta en la vida cotidiana para transformar el festejo en reivindicación y traducir los discursos discriminatorios en protesta. En la medida en que esos espacios se reduzcan y ese Día se mencione menos, serán menores también las posibilidades de visibilizar los derechos vulnerados, las situaciones que impiden igual remuneración por igual tarea, la violencia en todas sus expresiones y la falta de oportunidades igualitarias.

Porque sólo hay una discriminación peor que la caricatura, y es la invisibilidad. Sólo hay un discurso más opresor que la ofensa, y es el silencio. Sólo hay un desafío más grande que el quiebre de los estereotipos, y es generar la escucha. Por eso, al menos, hace falta un Día que coloque algunos temas en la agenda mediática.

* La autora del artículo es Doctora en Comunicación. Directora del Centro de Comunicación La Crujía (Buenos Aires).

 

 
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