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Imagen país con visión corta
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 Aunque el hábito no hace al monje, aún se califica a las personas por cómo visten, con quién andan y qué imagen proyectan.

Los medios de comunicación todavía siguen reproduciendo ese estigma. Las empresas, sociedades, grupos cívicos, instituciones, organismos y corporaciones todavía juegan a tener buena imagen aunque su reputación no esté muy bien parada, y  su futuro se vea más fuera del país que entre sus coterráneos.
Un equilibrio entre un buen gusto, socialmente aceptado para mostrarse como institución o empresa, y una buena reputación para demostrar su honestidad, desarrollo sostenible, respeto a los derechos de las personas, tolerancia y capacidad de actuar interculturalmente son los parámetros que ahora se toman en cuenta para calificar la imagen.
La mirada corta en Bolivia todavía no reconoce o no quiere aceptar estas realidades y la pugna por definir las identidades, aceptarlas y convivir con ellas sigue latiendo, saltando o soplando en las imágenes que se proyectan desde y hacia el exterior.

Imagen desperdiciada. En esa línea, más preocupados por mantener el poder que proyectarlo en serio, empresa privada y gobierno vienen desperdiciando oportunidades de oro para generar una imagen adecuada, positiva, atractiva y que favorezca a todos.
Este es el caso de las transmisiones del carnaval, oportunidad fabulosa que nos hubiera dado una mejor imagen mundial, mucho más cuando se pretende competir contra países que están invirtiendo mucho dinero en publicidad para capturar más turismo como son los casos de Perú, Colombia y ahora Ecuador.
Aceptando la realidad y mirando el espejo que refleja lo que durante siglos no se quiso ver, la imagen de Bolivia tiene ahora rostro indígena hacia fuera, rostro revolucionario y de expectativas por los modelos de organización, de acción política, de convivencia multicultural, de manejo de un modelo económico en construcción pero que no agrede y más bien se acomoda de mejor manera a los intereses internacionales sin el conflicto sociopolítico por detrás. Bolivia “es una atracción”, se quiera o no, para el mundo y sus cambios globales.
Sin embargo, la mirada corta (colonializada aún) desde el mismo gobierno a través de su encargada de Cultura, y desde la precaria preparación de los productores de medios televisivos privados (oportunidad de oro para proyectar un país que tiene hasta Agencia espacial, pretende la construcción de su propio satélite y negocia la organización de un evento mundial como el “Miss Universo”); hizo que durante los festejos carnavaleros pasados, la difusión de su imagen turística sea de corto alcance, con largas horas de relato pobre, en idioma nativo para los bolivianos que estaban atentos al aymara o al quechua; pero marginando (y hasta discriminando) a los potenciales reproductores de imagen en otros idiomas de mayor uso en el planeta, y que se hallan en las fronteras a las que justamente se pretende derrotar.
Luego de la agresiva campaña colombiana “El riesgo es que te quieras quedar”, y la nueva de Ecuador: “Sé Ecuador” que es la secuencia del “Meet Ecuador”; los países de América Latina están ejecutando campañas focalizadas en el mercado de EEUU y Canadá principalmente; y en Europa en general a través de la expansión brasilera.
Justo ahora, cuando el monje comienza a asumirse como tal, su imagen no es apoyada para crear una Imagen País.

Se está haciendo, lento e inseguro. Bolivia, si bien ha convocado e incluso ha adjudicado ya la producción de spots para promocionar el turismo, y tiene la idea de difundirlos a través de la televisión norteamericana (porque financiamiento no falta), y hasta ha definido -intuitivamente y todavía no como política estatal- que se debe poner de relieve las dos zonas geográficas atractivas del país: Andes y Amazonia; todavía no ha planteado un esquema integral de mercadeo y de comunicaciones para su imagen, ni siquiera en el ámbito del turismo que es el de más fácil planificación, producción y ejecución.
Todavía guiados bajo el antiguo eslogan de “Bolivia: Lo auténtico aún existe”, que fue ideado el año 2000 por una empresa española contratada para el efecto; hoy en día la imagen de Bolivia se promueve sin identidad, no adquiere profundidad y menos actúa con una estrategia.
Las producciones que se difunden vía canal estatal, generalmente provenientes de los archivos del antiguo Ministerio de Cultura, tienen mucha más riqueza que las pobres producciones, relatos y manejo de imagen nacional que se producen con “cuzcomirada”.
La sola difusión de spots para “competir contra los otros países” es volver a caer en colocarle cualquier hábito a cualquier parroquiano para hacerlo pasar por monje. Por eso, promocionar el país no es cuestión de spots o de inversiones parciales sino una jugada, tal vez la más importante, para diseñar la imagen que queremos tener, por la que queremos que nos reconozcan, tarea que estuvo impulsada por el anterior Ministro de Cultura Pablo Groux; y no parece tener línea de continuidad con la actual autoridad.

¿Bolivia tiene imagen pública?. Y aunque el tema cae por ahora en “culturas” y la empresa privada, es mucho más grande que simplemente “mostrar unas caras o unos haceres plurinacionales”. Se trata de generar una imagen pública coherente, capaz de llevar un mensaje unívoco, adecuado políticamente si quieren, a las culturas donde existe interés de mantener relaciones comerciales, políticas o económicas; incluso estratégicas en diferentes áreas, pero una imagen entendida como “la percepción que tiene un grupo social acerca de un sujeto en particular”.
La construcción de la imagen pública de Bolivia, como la de los empresarios, no pasa por sus Cámaras o los premios; se deriva de una serie de influencias, impresiones e información pública que circula sobre ellos.
Los políticos de antes ya no tienen la misma imagen, no sólo porque abandonan el país, huyen o se refugian, como quieran, sino porque el maquillaje tiene límite de tiempo incorporado, y porque toda imagen, por definición, se autodestruye en su propia construcción.
En esa medida, la imagen país como la imagen empresario no es asunto de hábitos, premios o monjes, sino de desarrollo personal y profesional.
 
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