Aunque muchos digan lo contrario, la región no muestra tendencias generales a la derecha ni a la izquierda.
Cada país vota según su coyuntura. Cuando se echa una mirada de conjunto a la situación política en América Latina, resulta evidente la diversidad de las tendencias en los distintos países. Frecuentemente, cuando en un país tiene lugar una elección general, hay comentaristas, ideólogos y partidarios de unos u otros que buscan reforzar su visión de que algunas tendencias son predominantes a lo largo del continente y entonces concluyen que la región “se inclina” hacia acá o hacia allá. Definitivamente, ninguna generalización de ese tipo se sostiene. Ni siquiera es fácil determinar cuál es la “inclinación” que sigue el electorado en cada país. Hace poco se votó en Chile. Conclusión esperable: “Chile se volcó a la derecha”. ¿Es realmente así? Sin duda, Sebastián Piñera es el candidato que representa a las fuerzas políticas de derecha y centro derecha en el espectro político de Chile. Pero, ¿es tan cierto que los votantes que se inclinaban hacia la izquierda ahora se volcaron a la derecha? ¿No es más bien que creyeron llegado el momento de un cambio y se dejaron tentar por algunas propuestas y por el estilo de Piñera? ¿No representa él una renovación dirigencial que es demandada por personas de muy diversas ideologías? Algunos chilenos que votaron por Enriquez-Ominami en la primera vuelta votaron a Piñera en la segunda. Lo más probable es que mantuvieron su preferencia por un candidato de afuera de la corporación política y no que cambiaron de ideología en pocas semanas. Costa Rica ha votado hace pocas semanas. La candidata oficialista, Laura Chinchilla, triunfó ampliamente en la primera vuelta. Ella representa al oficialismo de su país, ideológicamente centrista. Pero entre quienes no la votan a ella ha crecido el candidato de la derecha, a menudo tildado de neoliberal, Otto Guevara. ¿Se volcaron tantos ticos al pensamiento de derecha, o están buscando en Guevara otra cosa? Uruguay mantuvo, en su última elección presidencial, un equilibrio entre el oficialismo -una “izquierda” bastante agggiornada- y la oposición -una “derecha” bastante lavada-. El presidente electo, Pepe Mujica, está buscando puntos de equilibrio y convocando a la oposición a compartir el gobierno. Se multiplican los casos que sirven de ejemplo. No son las ideas las que explican las tendencias electorales, las cuales son extremadamente diversas entre los países. Son los problemas del momento y las propuestas que los candidatos ofrecen, o sugieren, para enfrentarlos, los que ayudan a explicar las preferencias electorales en cada caso. En casi todas partes hay fuertes demandas de renovación política; hay un modelo, muy del siglo XXI, de política centrada en la corporación de los políticos y las organizaciones partidarias controladas por ellos, que está en declinación. En muchos lugares se forman masivas corrientes de votantes que quieren un cambio en ese plano, y que son en general ajenas a los contenidos ideológicos de quienes parecen aptos para representar el cambio. Fuera de esto, pocas cosas unen a los distintos países en materia electoral. Hay algunas que los dividen. Muchos comentaristas sienten la tentación de definir esos aspectos que marcan situaciones diversas en términos ideológicos: izquierda, derecha, nacionalismo, populismo, neoliberalismo, indigenismo... Pocas veces los votantes se orientan por esos aspectos. En todo caso, hay otra dimensión que marca fuertes diferenciaciones y que divide al continente en dos grupos. Por un lado está la preferencia por candidatos o gobernantes que plantean su visión del país en términos de confrontaciones rígidas, dividiendo el campo entre 'amigos' y 'enemigos'. Por el otro, están quienes anteponen una visión que convoca a la confluencia, a tomar en cuenta los puntos de vista del otro lado antes que a confrontar con él. Bolivia, como Venezuela, Ecuador, Nicaragua o la Argentina, están del lado confrontativo (aunque en la Argentina, y en gran medida en Venezuela, una inmensa proporción de la población resiste esa manera de definir las cosas). En Chile Piñera y en Uruguay Mujica, después de ganar la elección convocaron a los opositores. “Si casi la mitad del país piensa distinto que nosotros -dijo Mujica- ¿cómo podríamos gobernar sin ellos?”. Qué contraste con Cristina Fernández de Kirchner, quien dijo hace pocos días que si ella fuese Aladino y dispusiera de la famosa lámpara mágica, pediría que sus opositores desaparezcan. No hay tendencias generales ni caminos históricos colectivos en América Latina. Cada país tiene sus problemas y define sus inclinaciones. A lo sumo la región se divide entre gobernantes que ven la política como terreno de conflicto y otros que la ven como oportunidad de consensos.
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